Por: Colaborador - agosto 24, 2016

Juan Alexander Pascual Rober, estudiante de la especialidad en Estadística Aplicada a los Negocios, nos invita a una exposición de terrícolas. Disfrutémosla

En memoria de, Ray Bradbury.

Se destilaba una hermosísima mañana, la atmósfera marciana estiraba sus brazos, acabando de despertar. Se respiraba una tranquilidad, intranquilizadora, no podía ser, era como estar conscientes de que toda esta belleza y buena vibra tenían algo extraño. No obstante, la extraña sensación no nos impidió dar inicio a la agenda del día. Como sabrán, nosotros los marcianos somos seres extremadamente perfectos en cuanto a responsabilidades y acciones se trata, más aún cuando se habla de nuestro tiempo libre.

Habían transcurrido, unas dos semanas y ocho horas, desde que Leila –quien odiaba su nombre terrícola– y yo habíamos tomado la muy correcta decisión de ir al museo para ver una excelentísima exposición de personajes humanos. Tanto a ella como a mí, nos fascinaba ir al cine y ver historias relacionadas a esos temas o simplemente que contaran una realidad o que tuvieran la capacidad de transportarnos hacía la época donde ocurrió el hecho. Las 8:00 en punto, exactamente, y ya partíamos extasiados al museo. Al comenzar, ella me sujetaba mis extremidades con sutileza, y en  sus ojos se notaba una gran carga de curiosidad.

–He aquí uno de los especímenes que más años vivió: El político. Lo que sabemos de él es que era un humano, muy sagaz, sabía cómo sobrevivir llevando a cuesta el poder. Un cazador como ningún otro, socialmente hablando, claro está; causó estragos, desbalances, rompió paradigmas de corrupción, digirió abruptamente economías enteras. Era un ser magno, insaciable, siempre buscando como salirse con la suya, sobre todo, dando la espalda a la ciencia que lo vio nacer como profesional.

– ¡Wao! -murmuraron todos-

–Estese ha conservado muy bien, lo encontramos en una especie de abadía subterránea. Sujetando estos papeles, le llamaban dinero y tenía un gran valor para ellos en especial para estos especímenes que se hacían llamar los representantes de sus naciones, los verdaderos héroes, se podrían escribir cientos de epopeyas de cada uno de ellos…

Uno de los turistas suspiro – ¡Ah! Que primates más interesantes, tengo entendido que eran científicos sociales, magníficos, dominaban el arte del engaño, hipnotizaban con las palabras, eran caballeros en el papel, tipos ejemplares, verdaderos hombres. Eso es lo que nos falta a nosotros los homomartus.

El guía era paciente, un tipo con años de experiencia, que parecía sobre pasar los campos de la madurez, conocido por ser un monje de las guías turísticas, toda una leyenda del área. En el panfleto, se manifestaba el grado de preparación de este historiador.  Para él, era normal que este tipo de comentarios salieran a flote, la costumbre lo había transformado en un maestro, que sabe lidiar a sus alumnos. Sabiendo bien que, un comentario como ese, era el génesis de una ola malhumorada de suspiros y rumores, de murmullos y reacciones en pro y contra, alzó la voz, llena de energía, tratando de eliminar, y calmar cualquier comentario… pero fue en vano, no bien había iniciado cuando se escuchó desde atrás, una voz gruesa, que golpeó a cada uno de los marcianos que se encontraban allí.

Leila, se sujetó fuerte a mí, y yo buscaba entre los que nos acompañaban quien era el dueño de la voz de trueno. Efectivamente, al verlo, fui testigo de cómo dividió el  mar rojo de marcianos en dos, creando una especie de pasillo, y un silencio espacial.

–¡Bastardo!, dijo con sus ojos llenos de dolor.  -No puedes negar que eres un vil, corrupto y abominable gusano –todos volvimos a asombrarnos– ¿Tienes la fiereza, y la fuerza para repetir eso otra vez, delante de mí?  ¿Cómo puedes alabar y ser devoto de un animal cómo este? Es que nunca te has leído la historia de la tierra, debes de ser de esos que solo ve novelas, series absurdas y uno que otro cuento de superación personal, un ingenuo.

Yo estaba impactado, sujeté a Leila y nos colocamos detrás y en un ángulo donde se podía apreciar todo, mejor aún, en el sitio estratégico óptimo a la hora de que se armara un reperpero.

–Ingenuo ¿yo? El poder es lo que nos lleva a la gloria y ellos son parte de esa civilización, glorias, son historia y tipos como tú nunca lo entenderán, eres de los que se sientan a que le den pan y circo.  ¡Imbécil! Nuestro querido, caballerismo, e inmutable guía, mantenía su fría postura, tranquila y reservada no era la primera vez que se enfrentaba a dos tipos, altos, fuertes, y llenos de odio. Lo transpiraban. Siguió su estrategia, decidiendo aún, que hacer un llamado a la calma era una de sus principales cartas e intento alzar la voz…pero, esta vez, una señora, algo pequeña, con sus orejitas marcianas, sus antenitas, pequeños ojos y algo arrugada, salió de la nada y con su voz aplacó a los gigantes.

–Que inmaduros son, dijo la anciana marciana, no puedo creer lo que mis antenas perciben: odio. Sonrió maquiavélicamente ¿Qué son esos sentimientos primitivos? Increíble y sobre todo se hacen llamar homomartus, esta discusión es hasta irrisoria, es una lástima que aún haya marcianos como ustedes ¡Terrícolas!

 

Colaborador

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