Carta desde el fondo de Boca Chica: La memoria de un par de corales

Por: Un Dendrogyra cylindrus (Coral Pilar)

Queridas abejas de La Colmena:

Les escribo esta carta desde el silencio del fondo marino de Boca Chica, porque siento que la memoria de lo que fuimos se está disolviendo en el agua caliente.

Llevo décadas anclado a este lecho, construyendo pacientemente la arquitectura de mi hogar. Una estructura que ustedes, desde la superficie, suelen ver como una simple barrera contra el oleaje, pero que para nosotros siempre fue una ciudad viva, un refugio contra la inmensidad. O al menos, lo era.

El mar ya no sabe a lo mismo; ha perdido su equilibrio. Hasta hace poco, éramos una comunidad bulliciosa. Si bajabas a visitarnos, podías contar 52 colonias levantándose orgullosas hacia la luz, desafiando la intrascendencia del tiempo. Hoy, la soledad aquí abajo es abrumadora. De esas 52 familias originarias, solo siete logramos conservar un rastro de tejido vivo.

Pero la estadística más cruda, la que verdaderamente pesa en la existencia, es que completamente sanos y sin las cicatrices de la enfermedad, solo quedamos dos. Representamos apenas el 3.8 % de una historia que se resiste al olvido.

No estamos muriendo de viejos; nos están asfixiando. La fiebre del océano no cede. Los modelos que ustedes manejan en sus aulas proyectan que, si no cambian el rumbo, para el año 2100 el mar subirá 3 °C. Lo que para ustedes no es mucho en un aire acondicionado, para nosotros, ese no es un dato en una diapositiva o un número en un examen; es una sentencia existencial que nos impedirá reproducirnos para siempre…

Y luego está la sombra. Lo que antes era una visita estacional, predecible entre mayo y septiembre, ahora es un manto oscuro que nos cubre desde marzo hasta noviembre: el sargazo. Pero el problema no es solo que nos robe la luz. Cuando esas algas mueren y se pudren en las playas, el agua cambia, se vuelve ácida. Cada caída en el pH es como un ácido invisible que disuelve nuestros esqueletos, robándonos la capacidad de calcificar, de dejar una huella de nuestro paso por este mundo.

Hace poco, recibimos visitas. El equipo de buzos de ANAMAR bajó, documentó nuestro declive y llevó nuestra historia a su campus. Sé que hablaron de nosotros en el primer aniversario de la Cátedra UNESCO de Cambio Climático de su universidad.

He escuchado a través de las corrientes que en los pasillos de INTEC no solo se observa, sino que se actúa. Me contaron que su Cátedra ya ha publicado cinco artículos científicos y organizado tres talleres regionales para buscarle usos a ese mismo sargazo que nos envenena, intentando convertir nuestra mayor angustia en una solución.

También escuché los datos de la UNESCO: ecosistemas como el nuestro absorben 700 megatoneladas de carbono al año. Somos el escudo que protege al mundo de su propia fragilidad, pero ahora el escudo necesita que lo defiendan.

A ustedes, los estudiantes que leen estas líneas entre el ajetreo de las clases, las prácticas y los proyectos: nuestra supervivencia ya no depende de la biología. Depende de sus investigaciones, de sus líneas de código, de sus diseños, de su empatía y de sus debates.

Aquí abajo, mi vecino y yo seguimos de pie. Pero, por favor, no tarden. El océano no los va a esperar.

Con esperanza,

Un par de corales.

 

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