Hay asignaturas que terminan con un examen y otras que dejan preguntas que acompañan mucho después de salir del aula. Para un grupo de estudiantes del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), el Simposio Violencia y Sociedad fue precisamente eso: el momento en que meses de investigación, conversaciones y trabajo en equipo se transformaron en una oportunidad para cuestionar ideas, confrontar realidades y compartir aprendizajes con la comunidad universitaria.
Más que presentar proyectos finales, los estudiantes pusieron sobre la mesa reflexiones personales nacidas del proceso de investigar distintas manifestaciones de la violencia, muchas de ellas invisibles o normalizadas en la vida cotidiana.
El lugar que debería ser seguro
Para Brian Molina, estudiar la cultura de la violación significó descubrir una realidad que rara vez ocupa el centro de la conversación: que muchas agresiones ocurren dentro del propio entorno familiar.
Durante su investigación comprendió que, además del daño provocado por la violencia, muchas víctimas deben enfrentarse a la incredulidad, la indiferencia o la minimización de lo ocurrido cuando deciden hablar. Esa reflexión también cambió la manera en que entiende el acompañamiento a quienes atraviesan estas experiencias.
«Me permitió empatizar y aprender a tratar a esas personas que fueron ignoradas y que sintieron la confianza de contarme las situaciones que las atormentan o atormentaron en el pasado«, escribió al recordar el impacto que tuvo el proyecto en su propia forma de ver el tema.
Contar una historia sin decirlo todo
En el caso de Sofía Cruz, el aprendizaje tomó forma de un cortometraje.
Junto a su equipo decidió abordar el bullying y el acoso en línea desde una perspectiva distinta: mostrar la violencia silenciosa que puede surgir incluso dentro de un grupo de amigos, evitando los mensajes explícitos para que fuera la propia historia la que hablara por sí sola.
Como directora del proyecto, describe el proceso como un reto creativo y, al mismo tiempo, una experiencia profundamente enriquecedora.
«El simposio de Violencia y Sociedad no fue solamente una simple presentación final de clase; fue una oportunidad para exponer todo lo que aprendimos en el aula«, expresó, destacando además el crecimiento colectivo que observó entre sus compañeros a lo largo del trimestre.
Descubrir que la violencia también puede parecer normal
Para Crislenny Rodríguez, la mayor sorpresa llegó al investigar la violencia psicológica.
Lo que inicialmente parecía un tema sencillo terminó convirtiéndose en una invitación a revisar conductas cotidianas que muchas veces pasan desapercibidas. Bromas, comentarios y actitudes que suelen justificarse como «relajo» adquirieron un significado distinto a medida que el grupo profundizaba en el tema.
«Fue inevitable mirar a nuestro alrededor, pensar en nuestras propias relaciones interpersonales y caer en cuenta de que con actitudes de nuestro día a día fomentamos más este tipo de violencia«, explicó.
Esa reflexión llevó a su equipo a plantear una propuesta concreta: implementar un sistema de códigos QR que permita a cualquier estudiante acceder de manera discreta a herramientas de orientación y apoyo psicológico, con la esperanza de que una iniciativa nacida en el aula pueda convertirse en un recurso útil para la comunidad inteciana.
Aprender también es transformarse
Las presentaciones del Simposio Violencia y Sociedad demostraron que el aprendizaje universitario no siempre se mide únicamente por los conocimientos adquiridos. En ocasiones, el mayor resultado de una investigación es cambiar la manera en que una persona observa su entorno, escucha a los demás o cuestiona comportamientos que antes parecían normales.
Al finalizar el simposio, quedó claro que los proyectos expuestos no solo buscaban explicar distintos tipos de violencia. También reflejaban el recorrido personal de quienes los desarrollaron y el compromiso de llevar esas reflexiones más allá del salón de clases, con la esperanza de contribuir a una comunidad más consciente, empática y dispuesta a actuar.


