Un científico italiano en el Caribe

Después de años entre laboratorios, aeropuertos y proyectos tecnológicos en Europa, Baldo Dalporto encontró en República Dominicana una segunda patria y en las aulas del INTEC otra forma de hacer ciencia

Hubo una época en que Baldo Dalporto podía despertarse en Moscú, tomar un avión hacia otro país y terminar días después en Bangalore, India. También hubo noches en las que sencillamente no volvía a casa: él y su equipo dormían en el lugar de trabajo, descansaban dos o tres horas y continuaban frente a problemas que debían resolverse antes de que amaneciera.

No era una rutina extraña dentro del mundo en el que se movía entonces. Trabajaba con tecnología que todavía no existía, sistemas para aplicaciones críticas y proyectos vinculados durante años al la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en francés), en Ginebra.

“Sobre mi vida… no tenía una vida, en realidad”, recuerda ahora.

Lo dice sentado a miles de kilómetros de aquella Europa. Hoy Dalporto da clases de electrónica en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), trabaja con estudiantes de distintas ingenierías, investiga nuevos materiales para semiconductores y participa en el desarrollo de dispositivos biomédicos que espera algún día puedan llegar a hospitales y comunidades con pocos recursos.

Entre una vida y la otra está el Caribe. Y una decisión.

Cuando el trabajo se convirtió en la vida

Dalporto es italiano y se formó en Milán. Su trayectoria profesional lo llevó durante años hacia áreas donde confluyen la física, la electrónica y el desarrollo de nuevas tecnologías.

En el CERN, cuenta, una parte del mandato era crear lo que todavía no existía.

Ese trabajo terminó llevándolo mucho más allá del laboratorio. Recuerda desarrollos relacionados con sistemas de misión crítica y una tecnología en la que figuró como diseñador, utilizada posteriormente en aplicaciones de las fuerzas armadas italianas y en ejercicios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Con los años, esa carrera también lo vinculó a comunidades científicas y profesionales internacionales. Dalporto mantiene membresías en organizaciones como Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE), el Instituto de Ingeniería y Tecnología (IET) y la Sociedad Americana de Física (APS), entre otras, una relación con la ciencia que continuó incluso después de dejar atrás aquella etapa de viajes constantes.

Pero detrás del atractivo de trabajar en proyectos de esa escala había un costo menos visible: las madrugadas, los vuelos constantes, los países que comenzaban a confundirse unos con otros y las horas de sueño sacrificadas porque siempre había otro problema que resolver.

En 2012, decidió que quería hacer algo diferente, impartir clases.

Su esposa es dominicana y República Dominicana ya era, su segundo país. Así que tomó una decisión considerablemente más sencilla de explicar que de ejecutar: “Vamos para Dominicana”.

Catorce años después, Dalporto también posee la ciudadanía dominicana. El científico italiano había encontrado otra casa.

El laboratorio y el aula

La transición no significó abandonar la electrónica, sino cambiar lo que hacía con ella.

En INTEC, Dalporto ha enseñado a estudiantes de Ingeniería Biomédica, Mecatrónica, Ingeniería Eléctrica, Sistemas y otras carreras. Cuando habla de electrónica utiliza una expresión poco académica, pero probablemente más precisa que cualquier descripción curricular:

“Es mi ADN”.

Sin embargo, entre todas esas áreas existe una que parece atraerlo, la ingeniería biomédica. La razón une dos mundos que lleva años intentando acercar.

La electrónica puede ser sofisticada, pero también puede resolver problemas cotidianos. Dalporto está interesado en construir equipos que puedan utilizar personas que normalmente quedarían fuera del alcance de tecnologías médicas costosas.

Con estudiantes ha trabajado en ideas que van desde un coagulómetro hasta dispositivos relacionados con la detección del pie diabético y problemas de circulación venosa.

Su obsesión es reducir costos. Para algunos de esos proyectos ha evitado deliberadamente depender de software o microcontroladores y ha recurrido a electrónica discreta, una decisión que aumenta la dificultad técnica pero que, sostiene, puede facilitar la creación de soluciones económicas y diferenciadas.

“La idea es ayudar a la gente que está en zonas rurales, hospitales o clínicas que no tienen ningún tipo de recurso, y ayudarlos con equipos que se puedan comprar con poco dinero”, explica.

Dalporto calcula que junto con sus estudiantes ha trabajado en alrededor de 30 proyectos que en algún momento tuvieron potencial para convertirse en patentes. Algunos terminaron publicados como investigaciones; otros permanecen sin publicar mientras se decide hasta dónde pueden desarrollarse.

Esa actividad también se ha trasladado a las publicaciones científicas. Dalporto asegura que durante este año ha mantenido una producción particularmente intensa, con trabajos ya publicados y varios manuscritos sometidos a revisión por pares para revistas indexadas en Scopus, además de otros proyectos de investigación todavía en proceso.

Actualmente también participa en una propuesta para desarrollar un equipo relacionado con el Parkinson, un proyecto en el que convergen electrónica, medicina y datos provenientes de pacientes, con participación de especialistas del área neurológica.

A estas alturas de su carrera todavía estudia. Recientemente completó formaciones sobre ética en investigación médica y farmacología clínica. Nadie se lo exigía, aclara; quería comprender mejor el área biomédica en la que estaba trabajando.

“Nada es gratis”

Cuando la conversación abandona los laboratorios y llega al aula, Dalporto habla menos de circuitos y más de carácter.

Dice que entre decenas de estudiantes siempre aparece alguno con un potencial particular y, cuando lo identifica, intenta acompañarlo. No solamente para que aprenda electrónica.

“Me gusta dejar, si puedo, una guía en su vida”, asegura.

Hay antiguos alumnos que todavía regresan a buscarlo después de graduarse. Para Dalporto, eso significa que alguna huella quedó. Busca transmitirles el valor del esfuerzo, pues considera que

“Nada es gratis. Hay que estudiar, hay que aplicarse y no rendirse”.

Después menciona otras dos palabras: corrección y respeto. Son valores menos espectaculares que las tecnologías que ha desarrollado, pero habla de ellos con la misma seriedad.

Cuando se le pregunta de dónde los aprendió, responde con una de las pocas bromas de la conversación: “Yo soy de la época de los dinosaurios”.

Hacia el final de la conversación surge una pregunta que intenta comprimir varias décadas en una frase: ¿qué significa dedicar la vida a la ciencia y a la educación?

Dalporto no ofrece una definición grandilocuente. Habla de satisfacción.

Enseñar sigue siendo un trabajo, reconoce, pero no lo siente como una carga.

“Doy la clase, pero no me pesa. No lo encuentro como un trabajo. Es algo que disfruto”.

Quizás ahí esté la conexión entre las dos vidas de Baldo Dalporto. En una pasó noches despierto tratando de crear tecnología que todavía no existía; en la otra entra a un aula e intenta que alguien aprenda lo suficiente como para crear la siguiente.

Cambió los interminables viajes entre laboratorios y aeropuertos por un salón de clases en Santo Domingo, pero no abandonó la búsqueda. Solo cambió el lugar desde donde la realiza.

Y fuera de los circuitos, las investigaciones y los semiconductores queda todavía otro pedazo de Italia que Dalporto no dejó atrás: le gusta preparar pasta. Algunos estudiantes y colaboradores del INTEC han tenido la dicha de probarla, un privilegio que permite descubrir al profesor lejos de las ecuaciones y los laboratorios, todavía italiano en la cocina y ya dominicano por elección.

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